Era un cabrón en todo el sentido del término. Culebreó a la vida, se paseó por el filo de la navaja y finalmente, un viernes 13 de mayo de 1988 un hombre que salía de un bar de Zeedijk tropezó con un cuerpo que estaba tendido en el asfalto de la calle Prins Hendrik de Amsterdam. El hombre pensó que se trataba de un borracho, sin embargo era el cadáver de uno de los más asombrosos trompetistas de la historia del Jazz: Chet Baker.Nunca se ha aclarado la muerte del genial trompetista: suicidio o asesinato. En realidad poco importa. Una u otra forma era el final lógico a una vida que ya iba en pendiente libre desde que un pequeño Chettie observó desde el la cerradura de una puerta las francachelas de su padre Chesnie con sus amigotes.
Pero este hombre, que sonreia sin despegar sus labios, para no mostrar el primer incisivo izquierdo, que había perdido cuando siendo niño una piedra, al rebotar en una farola, fue a parar a su boca, tenía una facultad, casi divina, para tocar la trompeta.
Chettie descubrió un día un viejo piano y sintió que algo le llamaba de aquel teclado amarillento. Pronto pudo tocarlo. Tenía un asombroso oído y una memoria prodigiosa para las notas. De casta le venìa al galgo, porque su padre, entre borrachera y borrachera se había codeado con toda la gente del jazz de la época.
Pero el chico cambiaría de instrumento y pronto cambio los teclados por el viento y los sones de su trompeta han quedado para siempre, para goce de todos nosotros.
Este hombre poseía también una voz que enamoraba a todas las mujeres que se cruzaron por su vida. Ya a los doce años cantaba algunas canciones de amor. Vera, su madre se las había enseñado y no siempre eran las apropiadas para un crío, pero a ella no le importaba, lo único que quería era que Chettie fuera un gran artista. "You'd Be So Nice to Come Home To" de Cole Porter o "I Had the Craziest Dream" salían de la garganta de aquel chico con una espantaneidad y una perfección increíbles.
La vida airada que el joven experimentó en su casa, las frecuentes peleas de sus padres y el ambiente turbio de aquel pequeño pueblo le hicieron abandonar el hogar a una edad temprana. Le gustaba pasearse por la casa de Jimmy Rowles, que había sido el pianista de Billie Holiday, Peggy Lee y otras figuras legendarias del Jazz. Baker escuchaba con atención todas las melodías y luego con su nuevo instrumento, la trompeta trataba de repetirlas.
Baker fue calificado de un músico "cool" (frío, distante, controlador de emociones). Esto era una cualidad a la que aspiraban todos los jazzmen. Russ Freeman, que en 1953 fue el maestro del primer cuarteto de Baker dijo: "Tenías que ser cool. No era cool no ser cool. En alguna parte, de algún modo, los músicos de jazz jóvenes empezaron a considerarse diferentes del resto de la gente. Y es verdad, son diferentes de los demás".
Baker vió clara su vocación cuando oyó en 1949 un conjunto de grabaciones Capitol donde sobresalía la trompeta de Miles Davis. Eran "Birth of the Cool". Emanaba de estas grabaciones una dualidad lirismo-rabia, que pronto fué captada por el joven, que vivía enroscado en la rabia que sentía por sus progenitores. En aquel momento se hizo la luz en su mente. A través de su diente mellado salió todo lo que enredaba su corazón.
Desgraciadamente a través de aquel diente mellado de Baker también comenzaron a entrar otras sustancias. A finales de los cuarenta, en América se consideraba que la marihuana era una "droga" que conducía inevitablemente a la violencia y allanaba el camino hacia drogas más duras. Había anuncios tan pintorescos como un esqueleto remando una canoa en forma de ataud, con la cabeza apoyada en un gigantesco cigarrillo de marihuana. En consecuencia todo aquel a quien se le pillaba con el canuto inevitablemente quedaba marcado. La fama de "grifota" de Baker comenzó en 1952. Un policía le pilló a él y a un amigo fumando hierba en el coche de Baker. El hecho se complicó cuando el policía hizo un registro del coche y encontró una lata llena de marihuana.
Años más tarde el propio Baker confesaba: " Mi locura con la droga me asquea y horroriza. Me odio a mí mismo por mi adicción. Es pura demencia. He estado a un pelo de la muerte, con el cuerpo casi azul. Me da mareos pensar en las veces que he estado apretujado en un retrete público, haciendo frenéticos intentos de inyectar veneno en mis colapsadas venas...En ocasiones me he clavado una aguja en los brazos y las manos cien veces en el plazo de unas horas, horas de tortura y tensión, intentando introducir unos pocos microgramos de sustancia en mi corriente sanguínea."
Toda la vida tremendamente agitada de este hombre y genial músico está magistralmente narrada por James Gavin en la definitiva biografía del músico "Deep in a Dream". Pero el hecho de centrarme en esta fundamental figura del jazz es que, por fin, la próxima semana se estrenará en toda España ( o eso creo) el famoso film documental de Bruce Weber, "Let's Get Lost"
En "Let's Get Lost" Weber sigue la trayectoria del músico desde 1950 tocando con los grandes del jazz como Charlie Parker, Gerry Mulligan y Russ Freeman, y continua hasta 1980 cuando el hombre cae en la adicción a la heroína y su final recale en Europa. Weber nos presenta también el sórdido contraste entre un Baker joven y guapo mezcla de James Dean y Jac Kerouac y la especie de esqueleto prematuramente avejentado de sus últimos años.
La pelicula-documental se estrenó en el Festival de Toronto y fue bien recibido por el público y por la crítica. Weber lo produjo con su propio dinero y casi por amor al arte. El título lo tomó de una canción de Baker, de su album "Chet Baker Sings an Plays", que el propio Weber compró cuando tenía 16 años en una tienda de discos de Pittsburgh.
"Let's Get Lost" se reestrenó restaurado en el Festival de Cannes de 2008 y esa copia es la que se estrena en España la próxima semana.
Consejo: "No pueden dejar de verla bajo ningún concepto". Y ahora sigan escuchando a este maravilloso músico.