Wednesday, August 22, 2007

UN DIA DE BODAS EN WANDSWORTH

La imagen que ilustra hoy mi entrada cinematográfica tiene una larga historia. El lugar es el National Film Theatre de Londres y la pareja es: mi compañera y yo mismo. El sueño de años que la distancia del presente es de treinta y dos años.
Aquel día, que era un 23 de Agosto, celebrábamos nuestro compromiso matrimonial dando un largo paseo por un Londres espléndidamente azul.
La boda se había celebrado en el town hall del distrito de Wandsworth. Creo que fuimos de las primeras parejas que eludimos el rito católico y el bullicio de invitados en torno a mesas repletas de bebidas y manjares.
Aquella fecha tuvo mucho de cinematográfico. Ofrecimos un pequeño ágape a nuestros amigos más íntimos (8 en total) . Entre los regalos que recibimos nos emocionó muchísimo el de Nigel. Se desprendió, con suma generosidad, de una foto original de Marilin Monroe. Esa foto era uno de los numerosos tesoros de su maravillosa colección cinematográfica.
Hubo una anécdota muy graciosa en la ceremonia nupcial. A la hora de intercambiar anillos nos dimos cuenta de que no habíamos tenido en cuenta ese detalle. Nuestra testigo Yolanda y nuestro testigo John retiraron los suyos propios de sus dedos y el enlace quedó sellado con anillos prestados. A la semana siguiente nos compramos unos modestos anillos de plata en un mercadillo por el módico precio de cincuenta peniques el par.
Nuestro día de boda se cerró en un cine, próximo a Picadilly Circus, disfrutando de las interpretaciones de Marlon Brando y Maria Scheneider en la película, mítica por aquellos años, "El último tango en París".
Al final de la velada y tras una cena íntima en un restaurante griego volvimos a nuestro nuevo apartamento en el numero 14 de Thorparch Road. Era la primera casa en la que nos sentíamos dueños los dos. Allí nos esperaba una sorpresa inesperada. Algo a lo que nunca hemos encontrado explicación lógica. Un gato, asombrosamente manso y cariñoso, había tomado posesión con no se qué derecho de nuestra casa. Desde el primer momento adoptó los pies de nuestra cama como dormitorio y no consentía separarse de nosotros. En días posteriores preguntamos por todo el vecindario para comprobar si se había escapado de alguna casa. Nadie sabía nada de "Gato"(nombre poco original que le pusimos) y allí se quedó con nosotros, blanco y negro, siempre meloso, siempre vigilante, mirandonos con cariño infinito.

3 comments:

niña gusana said...

Vaya, qué bonita historia!
Sí, suena todo irreal como en una película... precioso.
Ah! Aunque sea con retraso... Feliz aniversario!!!

Antonio Rodríguez said...

Gracias, mi niña....lo bonito de la historia ha sido poder contarla, en ese sentido me considero un privilegiado. Te aseguro que antes de aquel acontecimiento hubo mucha, muchísima amargura.
Un abrazote.

David said...

Digo lo mismo que niña gusana... Bonita historia.